La farmacia de los montes, un charla con David Valenzuela
Lo conocí en septiembre, en Tojahui, una comunidad mayo
enclavada en una de las últimas zonas de pitayal virgen, territorio que todavía
hace unos diez años fue un extenso corredor de bosque espinoso en Huatabampo,
el más grande en México, ahora fragmentado por cultivos intensivos. En ese
entonces David Valenzuela prometió regalarme uno de los escasos ejemplares de
su libro El conocimiento milenario de los
yoreme-mayo (Arena negra, 2009). El libro me alcanzó en Hermosillo vía
paquetería y vino entonces la promesa de la entrevista. A principios de
diciembre nos volvimos a topar cerca de Las Bocas, aprovechó para mostrarme el
desperdicio de pencas que había dejado un grupo de colonos en su afán por
venderle piñas de maguey silvestre a un productor de bacanora oriundo de
Yécora, quien en lugar de cultivarlo viene a comprarlo a un precio irrisorio.
David Valenzuela Maldonado es originario del
municipio de Ahome, Sinaloa. Desde su llegada a la comunidad mayo-yoreme de
Tosalibampo, su vida ha estado en contacto directo con la naturaleza, los
animales y las plantas, a estas últimas la ha estudiado a fondo y ha hecho de
ellas su oficio. A sus 59 años mantiene una pasión por lo natural que desafía
cualquier pose de ecologista.
–¿Cómo te aficionaste por la botánica, David?
“Esto se da imperceptiblemente. Llegamos a
Tosalibampo cuando yo tenía dos años y entonces mi papá puso su tienda. Mis
primeros recuerdos son de gente que llegaba a comprar víveres. Me crié
interactuando a diario y durante muchos momentos en el día con gente de la
comunidad. No había otro changarro a varios kilómetros. Naturalmente me
constituí en el brazo derecho de mi papá y mi mamá y les ayudaba despachando
petróleo, galletas de animalitos, lo más elemental. En aquel tiempo, la mayoría
de los maestros de la escuela primaria venían de Nayarit, de donde egresaban
maestros para las escuelas federales del Noroeste. Cada salón de la escuela
estaba compartido por dos clases de muchachitos, la mitad provenían del
poniente de la comunidad, donde se concentraba la etnia yoreme y los de la otra
mitad, al lado de donde sale el sol, donde estábamos los yoris.
“Yo me identifiqué más con el mundo yoreme porque
eran condiciones que para mí resultaban de mucho interés, porque mis papás me
mandaban a comprar huevos, leche o a cobrar los fiados que cada semana o quince
días mi papá daba en mercancías. Entonces muy chico yo ya conocía todos los
hogares donde vivían todos los habitantes de Tosalibampo. Y como los miraba a
diario en la tienda y en los pueblos, me llamaban la atención las actividades
tan diferentes que realizaban los yoreme-mayo, sustancialmente diferentes a las
actividades de la gente considerada yori. En ese mundo me crié viendo cómo
tatemaban mezcal, cómo hacían vino de mezcal, cómo lo hacían todo muy a su
manera.
“Desde muy chamaco comencé a hacer observaciones.
Me llamaba mucho la atención el trabajo de la gente, cómo trabajaban sus casas.
Yo tenía alrededor de unos 10 años cuando miré por primera vez a una viejita
yoreme trabajar un telar con lana de borrego, me acuerdo que hacía anotaciones
en los cuadernos de aquel tiempo, logré hacer varios dibujos y anotaciones de
mis primeras observaciones inconscientemente, no tenían una finalidad, eran
espontáneas. Guardaba mis apuntes de la primaria salpicadas con las anotaciones
de mis observaciones. Llegué a guardar incluso cartones, cuadernos. En ese
tiempo no tenía la visión del porqué o ‘para qué’ me iban a servir en el futuro
todas esas ilustraciones y apuntes. Así que muchas se llenaron de comején o se
mojaron, porque las casas de aquel tiempo eran de terrados. A mí me pudo mucho
porque yo guardaba todo, tenía colección de los libros de la primaria de todos
los grados.”
–¿Y para
ver tu obra publicada, cuánto esperaste?
“Pero muchísimos años. Ya tenía muchos años
trabajando de forma sistematizada, guardando en folders, libretas y agendas que
yo hacía con hojas blancas engargoladas, todas mis observaciones. Para 1996 el
profesor Oscar Santiago Ayala Partida me invita al primer Coloquio
sobre Cultura, Historia e Identidad del Sur de Sonora por parte de la UNISON, en la Unidad Regional Sur, para
presentar una ponencia sobre el conocimiento de las plantas medicinales. En el
2002 la UNISON
publica mi trabajo con el título de Reservorio
de plantas medicinales en Sur de Sonora, con una presentación muy modesta,
ese fue un primer resultado de un trabajo más sistematizado sobre la herbolaria
medicinal.”
–¿Fueron
tu modus vivendi las plantas?
“Como una actividad de sustento la empecé en 1985,
para ese tiempo yo solo desarrollaba todos los procesos que requerían la
recolección, el tratamiento, el envasado, con las plantas yo elaboraba jabones,
ungüentos, jarabes, extractos, tinturas, microdosis. Yo lo registré como un
expendio de plantas medicinales, el nombre es Productos Hierbaviva.
“Anduve en muchas partes. Diseñé un folleto de
presentación donde yo ofrecía mis servicios como herbolario y trabajaba de casa
en casa, de aquí hasta Tijuana. Trabajé en forma metódica cada verano en
lugares como Magdalena, Santa Ana, Imuris, Altar, la costa de Hermosillo, el
Poblado Miguel Alemán, donde había una gran afectividad hacia la medicina
natural, yo aprovechaba esa distinción que la gente tenía para tratarse
distintos padecimientos con plantas medicinales. Por varios años hice estos
recorridos donde a la par a la actividad comercial, incursionaba en los
espacios donde hubiese monte en esos pueblos donde yo vendía. No hubo gira en
la que no incluyera como premisa fundamental el dar un recorrido, un
avistamiento a los montes de esas localidades. Siempre andaba preguntando a la
gente más vieja de las comunidades sobre el uso de tal o cual hierba. Así
continué investigando. De estas dos actividades no puedo decir que una
sobresalía a la otra porque iba enfocado en cuerpo y alma a las dos, con una me
ganaba el pan de cada día y la otra era para satisfacer el hambre, aquella
hambre imperiosa de obtener un conocimiento que para mí era valiosísimo, un
conocimiento de los grupos indígenas de todo Sonora y parte de Sinaloa.”
–¿Aún
conservas el hambre?
“Todavía.”
–¿Alguna
vez tu actividad te llevó a la dicotomía entre homeópatas y alópatas?
“Al principio cuando me enfrenté por primera vez
con estos dos sistemas que se rifaban su suerte en demostrar cuál era el más
efectivo, más creíble o pertinente, yo siempre tuve ojos para enfocar mi
atención en ambos. En mi intención por comprenderlos, me encontré con escollos
y trabas, actitudes opuestas que a veces parecían irreconciliables entre
quienes protagonizaban un sistema o practicaban el otro. Mientras que yo
establecía la manera para recetar plantas a pacientes, me encontraba en el
camino a homeópatas o médicos de la llamada medicina tradicional y cuando se
daba la discusión o el análisis de las enfermedades de la modernidad (diabetes,
cáncer, colesterol, alta presión sanguínea) se armaba siempre un acertijo, un
embrollo para tratar de descalificar al otro. Yo siempre me situé al margen,
miraba con mucha cautela las dos posturas, trataba de empaparme de las esencia
del planteamiento, por ejemplo, de un médico que trabajaba con la medicina
socializada, quienes de forma muy natural mostraban antipatía por la labor que
hacían los hierberos, naturistas y homeópatas, para ponerse como representantes
de la vanguardia y la única verdad verdadera.
“Mi postura era estar abierto para saber cuáles era
los pro y contra de cada uno de estos sistemas. Esa actitud me libró de entrar
en los terrenos de los antagonismos, porque yo no estaba ahí para negar o
descalificar, sino para aprender, desentrañar, clasificar, creando mi propio
modelo. Tuvieron que pasar lustros para ser testigo del efecto reconciliatorio
de ambos sistemas.”
–¿Consideras
que la herbolaria tiene ya el lugar que merece?
“Así es. Los primeros indicios los percibí cuando
en el Seguro Social de Navojoa comenzaron a difundir unos folletos que se
habían generado como resultado de unas investigaciones a título de laboratorio,
donde se enfatizaban las propiedades del gordolobo, la manzanilla, el estafiate.
La antigua pugna era más bien un asunto superficial porque a nivel profundo la
medicina en general no estaba tan fragmentada como se pensaba. Son
complementos. En el centro de la república ya se investiga con más seriedad la
herbolaria de muchos pueblos indígenas.”
–Pareciera
que la herbolaria indígena tiene mejor prestigio que el indígena en México,
¿qué opinas?
“Yo pienso de la siguiente manera: siempre ha
habido investigadores que con una buena dosis de objetividad encuentran un
enfoque hacia los sistemas curativos modernos o tradicionales, y han demostrado
que éstos están al servicio de los seres humanos. Estos servicios de la
naturaleza, independientemente de si son productos del rigor científico o formen
parte de los cuerpos tradicionales de curación de los pueblos, demuestran,
cuando el investigador es sincero con él mismo, que los sistemas deben correr
paralelos y resistir juntos el paso del tiempo. Resistir sobre todo a los
detractores más intolerantes.”
–¿Consideras
que hay una cosmovisión particular del yoreme-mayo frente a las enfermedades?
“Para ellos, no sólo se encuentran comprometidos
los aspectos de carácter físico. Dicho de otra manera (las enfermedades) no son
sólo productos de la biología. Hace buen rato que observé que hay una actitud
diferente a como el yori percibe la enfermedad, desde muy chamaco lo supe a
cierto nivel digamos. Lo cierto es que con el tiempo se me fue aclarando esa
sensación de lo que percibí. Los yoreme-mayo cuando confrontan su vida ante un
caso de enfermedad lo entienden como producto de fuerzas más allá de lo
natural, más allá del trajín cotidiano, no sólo como consecuencia de un
desequilibrio a nivel físico, sino que también perciben que esa condición
‘anormal’ tienen que asimilarla a través de la tristeza, o de un sentimiento de
pavor, o de una nostalgia; van entonces a ‘filtrar’ su estado de enfermedad, y
en cada una de estas condiciones (como la tristeza, la añoranza o el dolor, de
ese que no tiene sus raíces en la conexión con el mundo físico), albergan un
sentimiento de culpabilidad por haber hecho algo malo, algo que les trajo como
consecuencia el padecimiento.
“Por ejemplo, en una condición de calentura de un
chamaco, que de esas me tocó vivir varias, un chamaco de ese tiempo pasaba por
una etapa de calentura con frío intermitente, los padres entendían ese estado y
entonces se formaba un esquema bajo el cual el chamaco entraba a tratar de
reconciliarse con algo con alguien, podía entenderse como producto de algún
desentendimiento o acto de desobediencia. No era algo que se pudiera corregir
con un vector de carácter medicinal. Sí le daban al chamaco algún tecito, le
amarraban la cabeza, le sobaban las plantas de los pies con un ungüento, pero
sobre todo trataban de inducir a ese plebe en su estado a que llegara a un
espacio de reflexión en el que de ahí en adelante corrigiera algo que había
hecho mal, corregir una conducta equivocada que le había producido la
enfermedad. Era acompañado por rezos de las madres, por visitaciones de vecinos
o curanderos que no solamente recetaban hierbas, sino que su finalidad era que
el chamaco pudiera confrontar una situación en la que pudiera percibir o
concebir la existencia de algo más allá de lo natural.”
–Un
místico en cada hijo te dio…
“Hombre, cada uno de esos procederes era un ritual
en miniatura, el chamaco incluso como parte constitutiva del ritual podía ser
enviado a recoger él mismo la hierba. Eso no lo entendías de plebe, lo
entiendes con el tiempo.”
–En tu
libro hablas de un mundo mágico, un poco al modo chamánico, al que se accede
mediante plantas rituales… ¿hasta dónde investigaste esta parte?
“Durante mucho tiempo no tuve conciencia de que yo había
participado el algunos eventos sin querer. Por ejemplo, me acuerdo de un
viejito, don Rafael Vega, él tatemaba mezcal. La plebada ahí nos surtíamos de
pencas para comer, bien cocidas. El viejito tenía en unos tambitos fermentando
pencas, perfectamente me acuerdo que en unas ollitas de terrado (tierra) tenía
los jugos, unos eran de un color muy subido, otros de un color más bajito y
otros que casi parecían agua. Esos jugos los probábamos a traguitos. Como entre
los ocho y diez años probé el vino de mezcal, era muy dulce y aromático,
inmediatamente entrabas en otro estado. Imagínate a esa edad, ahí nos tienes
caminando por una especie de vadito para ir a la casa del viejito, íbamos
alborotados. Fueron los primeros contactos inconscientes con una bebida ritual.
“Ya en otras ocasiones yo llevaba gente en la
camioneta de mi papá a otras curanderas que estaban más abajo, en la Higuera de Zaragoza, mi
papá me mandaba a darle raite a alguna persona enferma, era yo una especie de
taxista. Algunos curanderos y curanderas usaban tabaco de coyote, prendían
incienso, usaban también goma de torote prieto, torote copal, a mí me gustaban
mucho los aromas esos, me encantaban. A veces ni me daban nada por el viaje
pero no me importaba, no iba alentado por eso, sino que me gustaba observar el
ritual que llevaba a efecto la curadera o curandero, ahí tampoco tenía consciencia
que participaba directamente en un ritual. El humo de tabaco de coyote es muy
fuerte, esas noches yo tenía cierto tipo de sueños. No podía ser de otra
manera.
“Cuando ya salí de Tosalibampo comencé a ver en
perspectiva todo, comencé a estudiar temas relacionados con ese tipo de
plantas, y a darle la vuelta al asunto para atrás, aclarándoseme muchas cosas,
así me nació la idea bien remarcada de querer investigar todo eso pero de forma
sistemática. Claro que luego surgen otras lagunas, como por ejemplo cómo hacer
para que lo que tú quieres dar a conocer haga eco en alguna parte.”
Nos internamos a Navojoa todavía con luz solar.
Antes de despedirnos, David Valenzuela afirma que en breve tendrá un espacio en
redes sociales donde compartirá los saberes adquiridos y le dará cuerpo a un
centro de herbolaria yoreme-mayo, una farmacia completamente verde.